Siempre me ha intrigado el goce estético ante la violencia, entender qué encanto, qué fascinación, entraña una buena bollacera. La naturaleza de este goce, creo, tiene algo que ver con los que despiertan la danza y el deporte. Ése algo al medio decantó en un nombre tan insólito como contradictorio, arte marcial, para intentar dar cuenta de la belleza de un fin a priori meramente utilitario: la destrucción o dominación del oponente. Las divisiones disciplinares que guían nuestro pensamiento, de los griegos a esta parte, han querido que pensemos el continuum de la experiencia humana en una división que atiende a compartimentos y especializaciones; y por eso puede resultar oximorónica la denominación.