Un sistema se comprende por sus fallas: allí donde los engranajes rechinan, saltan las chispas que iluminan/incendian el orden aparente. De allí la importancia de que el punto de partida de Las lindas sea un desajuste del dispositivo de la exposición, posición que marca todo el desarrollo de la película. Se trata, como la directora la define, de un autorretrato. Pero el problema que se presenta es que la figura del yo no puede configurarse como identidad, porque la imagen ofrecida nunca coincide con la esperada. ¿Cómo hacer visible lo que no puede verse? ¿Cómo configurarse entre chispas?

Indagar de ese modo derriba los ejes cartesianos que constituyen la unidad de una conciencia pensante, porque el punto de partida no es la duda que busca saldarse, sino la certeza del error. Hay imágenes, luego existo. Por ellas, a pesar de ellas, contra ellas, al margen de ellas. En la película, entonces, se empieza siempre por imágenes preexistentes: fotos, videos, discursos. Todas son exigencias, construidas frágilmente en la cotidianeidad, repetidas infinitamente, pasando de mano en mano, de oído en oído, de ojo en ojo. Todo empieza con esa fuerza, que la película intenta evidenciar, revisar, revertir, porque allí reside el problema, allí nace la disidencia del yo.

Problema del yo en la imagen: no hay conciencia ni inconsciente, hay modelos desajustados. Ni papá, ni mamá responden al “¿quién soy?”, ellos sólo son agentes transmisores de imágenes. No saben lo que hacen. Quienes saben son las víctimas, las otras víctimas de esa misma fuerza, de esa misma imagen. El yo, así, deviene nosotras en la película. La amistad es su eje arqueológico de la indagación: la primera persona femenina del plural disemina las distintas respuestas a la misma pregunta, que no deja de abrirse. La imagen, aun pudiendo reconstruir una genealogía milenaria, siempre tiene un anclaje generacional, de clase y de género, pero sobre todo una singularidad de grupo.

Ellas saben y lo dicen, lo ven. Extraer esas imágenes, esos discursos, requiere, por eso, de la menor intermediación posible. El mecanismo es la conversación, la cámara en mano, asumiendo, intuitivamente, una parcialidad: siempre hay algo que se le escapa, un gesto que no se llega a ver del todo, una palabra que no se oye, una situación que no discurre. Y al mismo tiempo, algo que se ve de más, una palabra reveladora, un movimiento inesperado.

Entre la imagen esperada y su puesta en evidencia, se erige una voz que se afirma en la duda, en su incapacidad para dar una respuesta unívoca, como la imagen que escapa a su modelo. Definiciones irónicas, preguntas sin respuesta, búsquedas infructuosas, dispersan el cogito, convierten a la voz autorizada en una particularidad más.

El dispositivo de la exposición exige: mostrate, medite con la imagen que se espera de vos, deseala, sufrila, cargala. Las variantes que muestra Las lindas son múltiples: hay quien cede, hay quien intenta resistir ocultándose. Pero, entre todas ellas, la película se erige como un modo de invertir esa misma fuerza, logrando exponerla, a partir de sus fracasos. De este modo, erigiendo una imagen difusa, singular, variable, rechinante, pone en crisis el propio dispositivo de la exposición.