Mirar es un acto político. Lejos de ser un mero gesto biológico, físico-químico, mirar, poder ver lo que ante nuestros ojos se presenta con extraña cristalinidad, es un acontecimiento en donde lo conocido y lo desconocido (“vemos aquellos que conocemos”, John Berger), lo visible y lo invisible, lo ocultado por exceso lumínico, por ensombrecimiento, deviene la tensión político-ideológico fundamental en nuestro mundo de pantallas cotidianas.