El neoliberalismo no es una práctica o un estilo de un determinado gobierno. Las políticas específicas de un gobierno son neoliberales en la medida en que son el instrumento a partir del cual se propone una sociedad neoliberal. Debería preguntarse qué es el neoliberalismo, no como una política, no como un partido. O, en todo caso, en qué medida un partido político, una práctica gubernamental, es neoliberal en función del modelo de sociedad que propone, del modelo de sujeto, del modelo de producción de la verdad. Un estilo neoliberal de gobierno es aquel que se sostiene sobre esas bases, que las propaga, pero, en cualquier caso, es un instrumento circunstancial, que puede ser reemplazado por mecanismos a veces más sutiles. Las medidas coyunturales no son más que instrumentos, muchas veces circunstanciales también, que podrán ser reemplazados por otros, una vez que esta sociedad neoliberal esté afianzada. Foucault (2010) sostiene que el neoliberalismo refunda el capitalismo, funda un capitalismo distinto, lo reinventa.

Son las propias contradicciones del ejercicio del poder y de llevar ciertos conceptos vinculados a ámbitos de igualdad, sobre todo por el Estado de bienestar, que el neoliberalismo es llevado a reinventar el capitalismo. Es decir, producir un capitalismo completamente diferente. Otra idea de mercado, otra idea de sociedad, otra idea de sujeto. Un gobierno neoliberal tiene que generar las condiciones de un mercado tales que permitan reproducir el sistema, que permitan poder gobernar sobre los sujetos de manera indirecta. Producir una determinada característica del mercado, producir determinadas características de la sociedad y, sobre todo, producir determinados modos de subjetividad, que ya no son los del hombre abstracto liberal (Marx, 2004). El mercado ya no es un lugar de intercambio, la sociedad ya no es un ámbito de igualación abstracta, el ámbito de lo común, y el sujeto ya no es el hombre abstracto. Y eso, en ningún caso, es el resultado de una naturaleza, sino que hay que producirlo, hay que producir un determinado tipo de mercado, un mercado como un eidos (Husserl, 1962), hay que producir nuevas formas del sujeto. Y por eso son fundamentales las imágenes, una nueva forma de la imagen, que expresa en su contenido otras cuestiones, pero sobre todo que, al nivel de su agencia, funciona de manera diferente en relación a la producción de los criterios de verdad, puntos de vista y modos de subjetividad.

El sujeto neoliberal

¿Cuál es el modo de subjetividad propio del neoliberalismo? ¿Sobre qué modos de subjetividad se sostiene y qué modos de subjetividad reproduce, para que, más allá de sus aciertos, desaciertos u oscilaciones, en su aceptación, pueda ser apoyado por mayorías? Para que eso suceda, puede estar ocurriendo algo en términos de las creencias, de las ideologías (Harvey, 2007). Pero, sobre todo, para que el neoliberalismo sea aceptado y apoyado mayoritariamente, hay algo que se ha transformado en la propia condición de la subjetividad. Hay un nuevo sujeto que aparece como resultado de ciertas prácticas neoliberales, no necesariamente políticas de gobierno, que a veces incluso son alentadas por quienes desde el gobierno se oponen a las políticas neoliberales. Se oponen con fervor y por ideología, pero, en términos de las prácticas que contribuyen a reproducir, generan un modo de subjetividad que luego encuentra en la ideología y en la práctica neoliberal, una aceptación para reproducir su propia condición de sujeto neoliberal. Este sujeto neoliberal es el que Foucault (2010) llama capital humano, un nuevo homo œconomicus. Ya no es el sujeto abstracto, que carece de medios de producción y debe vender su trabajo a cambio de un salario. Es un nuevo sujeto, un sujeto del capital, un sujeto que es el resultado del mercado de la competencia. El mercado como competencia y su resultado, cuya condición es la sociedad desigual, sólo puede funcionar en la medida en que el sujeto pasa a ser un empresario de sí, un sujeto que encuentra en la competencia su ámbito. La sociedad neoliberal es la sociedad de las empresas, sostiene Foucault (2010), pero no solamente de las empresas en el sentido de la institución empresa. Es la sociedad de la empresa en la que cada sujeto es empresario de sí, donde la familia es pensada y entendida como una empresa y llevada a la práctica como una empresa, donde la amistad es atravesada también por la lógica de la empresa, donde el delito es concebido también bajo la lógica de la oferta y la demanda. ¿Por qué interesa tanto el emprendedor al neoliberalismo? En términos económicos, es mínima la influencia que puede llegar a tener el emprendedurismo. El emprendedor es el modelo del sujeto como empresario de sí. El neoliberalismo sólo se sostiene sobre una percepción de sí, del entorno y de los otros, en la medida en que el sujeto sea un empresario de sí. Entiende que, más allá del éxito o del fracaso, de la corrupción o no, de que le vaya mal, bien o regular, las medidas que se toman tienden a reproducir las condiciones de la competencia, de la desigualdad estructural y de la posibilidad de capitalización. Medidas que a veces son mínimas en cuanto a la influencia económica, pero que son fundamentales en cuanto a la percepción de que está generando el ámbito del mercado como competencia, de la vida como competencia y de sí mismo como sujeto que puede capitalizarse (Berardi, 2016). Si la medida política está orientada hacia allí, es una medida claramente neoliberal, más allá de que eventualmente pueda favorecer o no a cierto sector, siempre se pueden hacer compensaciones. Pero, en la medida en que se contribuye a generar estas condiciones del mercado, del sujeto, de la sociedad, se está frente a eidos (Husserl, 1962) neoliberal, frente a una política que está modificando lo que es la sociedad, el sujeto, el vínculo con uno mismo y con los otros. Y eso puede llevarse a cabo como resultado de una práctica política intencionada, direccionada hacia allí. Puede llevarse a cabo indirectamente, como resultado de una política que no tiene en cuenta que está reproduciendo ese modo. Mecanismos de propagación, de reproducción, de afianzamiento, del neoliberalismo, que no necesariamente pasan por un gobierno. El neoliberalismo se instala y funciona, en la medida en que pueden reproducirse esas propias condiciones, sin necesidad de una intervención del gobierno.

El poder en el neoliberalismo

El capitalista humano, el empresario de sí, es un hombre, afirma Foucault (2010), que acepta la realidad, que sistematiza sus respuestas. Es el hombre cuyas respuestas pueden ser sistematizadas. En principio, es un comportamiento racional, del homo œconomicus, pero aún puede ser un comportamiento irracional. Lo importante en la producción de esta subjetividad del capital humano es que este sujeto pueda dar respuestas sistemáticas ante los distintos condicionamientos del ambiente. Y, por lo tanto, la política, el gobierno sobre las acciones de los hombres, no se ejerce directamente sobre ellos, sino que puede ser ejercida de manera indirecta sobre el ambiente, estudiando el modo en el que sus comportamientos y sus respuestas son sistematizados. No se trata de inculcar la conducta o de imponer creencias. Es estudiar la conducta, para influir indirectamente sobre el ambiente, generando las conductas. Se dan ciertas condiciones, se estudia la conducta, se estudian las respuestas sistematizadas y se generan variaciones en el ambiente, a partir de las cuales se obtiene la respuesta esperada. El algoritmo (Van Dijck, 2016) es ese sistema llevado al extremo, haciéndolo funcionar al mismo tiempo: mientras la conducta se produce, es sistematizada y genera la propia alteración en el ambiente, condicionada por la respuesta sistemática a esa conducta anterior.

La imagen neoliberal: acontecimiento, vigilancia e imagen de sí

Uno de los ámbitos privilegiados en los que estas transformaciones profundas, estructurales, se llevan a cabo, uno de los ámbitos de expresión donde la transformación de la sociedad neoliberal acontece, es en la imagen. La imagen neoliberal es aquella cuyo efecto es la propagación de una sociedad neoliberal, un sujeto neoliberal y un modelo de verdad neoliberal.

La imagen neoliberal se erige destruyendo la imagen-reflejo (Paris, 1967), haciendo de la destrucción una imagen y fundando una nueva imagen que no distinga ya el reflejo de lo reflejado. Este es el desafío de la imagen neoliberal, para que pueda operar no sólo como expresión, sino como agente del neoliberalismo. El instante que condensa ese triple movimiento es el 11 de septiembre de 2001 (Mondzain, 2016). Las Torres Gemelas eran el sueño y la consagración de la imagen liberal, la imagen disciplinaria: el reflejo casi exacto, la copia, el foco de atracción, los puntos de vigilancia. Las Torres Gemelas se terminaron de construir en el año 1973, cuando empieza a consagrarse el neoliberalismo. El poder neoliberal estadounidense, desde que se erigieron, no sabía qué hacer para derribarlas, porque no podía tolerarlas, no toleraba su repetición, la lógica de la binariedad. Las Torres Gemelas eran una duplicación en muchos sentidos: una era la copia de la otra (la diferencia era la antena) y, al mismo tiempo, para que la torre pudiera soportar la posibilidad de que un avión se estrelle contra ellas, hicieron un sistema que consistía en construir un edificio y poner por afuera otro edificio, por lo que cada torre era una duplicación en sí misma, como si fuera una muralla, de manera que, si un avión se estrellaba contra esa muralla, no podía afectar la estructura. Lo que sucedió el 11 de septiembre fue, al mismo tiempo, derribar la imagen-reflejo y generar la imagen televisiva, en directo, del acontecimiento. Generar la imagen de la eliminación de aquella forma de la imagen. Entonces, allí surge la eliminación de la imagen-reflejo y la aparición de una imagen nueva, que, por un lado, es una imagen de la eliminación de las Torres Gemelas, y, por el otro, es una imagen que en sí misma expresa lo que es, cuyo efecto sobre la realidad es directo. Ya no es un reflejo de otra cosa que la constituye al erigirse como aquello que refleja, sino que la coincidencia entre la imagen y lo que muestra se da directamente en la propia imagen. Entonces, en las Torres Gemelas, aparece el acontecimiento, el “último momento”. Esta es la primera característica fundamental de la imagen neoliberal: ya no es reflejo, sino que es imagen efectiva. Es lo que sucede en la imagen lo determinante, y no por reflejar otra cosa. El 11 de septiembre sucedió directamente en la televisión: aparece así la transverdad.

El neoliberalismo, de este modo, despliega la producción de una inseguridad permanente (Agamben, 2001). El 11 de septiembre es el triunfo de la inseguridad. La inseguridad ya no es el fundamento de la libertad, sino que es el fundamento de la pérdida de las libertades. Esto permite problematizar el lugar que ocupan las cámaras de seguridad, que ya no son una continuación del panóptico, donde el hombre se sentía continuamente observado (Foucault, 2002). La cámara de seguridad hace que el individuo sienta que él está vigilando. La cámara es el soporte que hace del individuo un vigilante. Es este sujeto del capital humano el que está vigilando.

En tercer lugar, el sujeto aparece como el productor de la imagen de sí. Es el sujeto el que construye, en esta efectividad de la imagen, la imagen de sí. El sujeto de capital capitaliza lo que es, produciendo esa capitalización en imágenes. Así, se desarrollan mecanismos a partir de los cuales, mientras el sujeto se capitaliza en su imagen, no deja de brindar información acerca de la sistematización de sus respuestas, para que, si bien le sea dado el mapa, se puedan producir los acontecimientos que gobiernen sobre estas conductas sistematizadas.

De ese modo, la imagen neoliberal no sólo expresa el modo en el que funciona el neoliberalismo, sino que es uno de los agentes principales a partir de los cuales se pueden producir y reproducir estas condiciones sociales, subjetivas y visuales, para que el neoliberalismo funcione.

Despleguemos algunos de estos conceptos.

El trabajo y/de la imagen-prototipo

Diremos que la lógica del acontecimiento conlleva a horadar una de las bases del liberalismo capitalista como es la profesión. El modo de trabajo al que se le imbricaría el neoliberalismo es el proyecto, el work in progress. Y, con éste, el homeworking, el multitask y su consecuente patología: el workaholic. De la fábrica a la empresa (Deleuze, 1999), de la ética del trabajo a la estética del consumo (Bauman, 2000), de la ética profesional al freelancer y su autoexplotacion (Steyerl, 2014).

La lógica de vivir en proyectos, subsidiados, permite una constante modificación y variabilidad. La forma residencia y curaduría en el arte están en la misma lógica. La residencia artística como una forma de flujo perpetuo, donde cada quien debe ir a hacer su proyecto. Se reside de forma temporaria, no se está de forma extendida, sino que se pasa. No se queda, sino que se transita. No se desarrolla y termina algo, sino que se boceta y continúa. La curaduría implica también una relación más o menos desanclada o de vínculos siempre renovables, trasmutando la creación en la práctica de la selección. El curador se involucra en un proyecto (curatorial) generalmente asociado a una grupalidad de artistas (cada quien con su proyecto, que luego lo continuarán en otras instancias curatoriales, frecuentemente con otros curadores, no el mismo, cambiar, de hecho, es el ethos proyectual). Lo proyectual, así, como lo que siempre está en estado de proceso. Un work in progress perpetuo.

En tal sentido podemos imaginar el pasaje de una imagen-profesional a una imagen-proyecto. De una imagen-obra –arte, según Debray (1994)– a una imagen-proceso –visual–. Una imagen proyectual, en tanto procesual, prototipo (mas no prototípica). Modélica, no por paradigmática (de/a la moda), sino más vinculada al modelismo, al croquis, al boceto.

El prototipo no es la obra. El prototipo puede romperse (como los autos prototipo). De hecho, debe romperse para que la obra, terminada, no lo haga. El prototipo es una prueba. Un modelo reducido. Un ensayo a-responsable (como la ética del macrismo, “estamos ensayando”) que anhela, está supeditado a la construcción final, acabada, de la obra. La imagen-prototipo es intrínsecamente intercambiable por otra. Es en tanto será intercambiada. Su existencia, surgimiento, fin, es el intercambio, el flujo. Pero hay que diferenciar entre el proyecto/prototipo como potencia y lo proyectual como una precariedad intrínseca constituyente, creando un estado de precariedad.

Adolece-ente. En defensa de la imagen precaria

La imagen-prototipo, a diferencia de la imagen-profesional, es una imagen precaria, pobre (Steyerl, 2014). Es una imagen que adolece. El neoliberalismo posibilita tanto el High Definition como la imagen pobre. Ésta, como consecuencia de la high tech, por cúmulo, vértigo, flujo, no puede ser pesada (en bytes, en interpretatividad). Debe ser liviana. La imagen pobre es eminentemente neoliberal. Incluso es la imagen neoliberal por excelencia. Más que la imagen HD. Porque en ella se expresa de modo trágico este vínculo entre disponibilidad y deuda. La imagen de alta resolución “tiene más brillo, impacto, es más mimética, mágica, es más escalofriante y seductora que la imagen pobre. Es más rica” (Steyerl, 2014: 35) Aunque podemos discutir lo de mágica y escalofriante, diremos sí que la imagen HD demora (pesan más, tardan más en cargar) y se da a un vínculo escópico de contemplación, formas ambas (la demora, la contemplación) de una relación temporal más propias de una imagen arte (Debray, 1994), de una imagen fetiche. Por ello, la imagen pobre, de baja resolución, liviana, tendrá, en su accesibilidad disponible y su perpetua deuda, las formas paradigmáticas de la indolencia contemporánea.

Dice Steyerl que “las imágenes pobres son los Condenados de la Pantalla contemporáneos, el detrito de la producción audiovisual, la basura arrojada a las playas de las economías” (2014: 34). Las imágenes pobres son el deshecho. El resto. Lo que sobra. Así como la imagen del nene muerto tirado en la costa de Turquía, o la del nene lleno de polvo luego de un ataque en Siria, las imágenes (ésas, paradigmáticas, en su indolencia y espectacularización) son como esos mismos sujetos arrojados al mar en búsquedas salvíficas, a la intemperie, sujetos-deshechos, imágenes intemperie. Lo condenado. Ellxs son lo otro. La basura. El spam. Y por tanto (según Fanon (2013), pero también en una serie de autores y conceptos como Benjamin, Levi Strauss, Agamben, Badiou) la potencia desde donde construir.

 

Si bien es difícil ver films que circulen por el mainstream que contengan imágenes “pobres” en píxeles (forma cliché y desdeñada de la pobreza), invoquemos a Jean Luc Godard, en Filme Socialisme (2010), donde no sólo utiliza la pobreza (significante) de las imágenes de dispositivos móviles, para expresar la pobreza (indolente) de quienes en un crucero juegan a las maquinitas tragamonedas y se dan al discurrir abúlico del turismo all inclusive, sino que convoca al mismo Badiou, que, en una imagen HD, da una conferencia ante un auditorio vacío, tal vez sobre la basura como insumo salvífico y fundamento del cine, tal vez sobre la intemperie sobresaturada de la vida-crucero, de la vida-consumo. Siendo que la intemperie puede darse por vacío o saturación del sentido. Al tiempo que la intemperie, puede (debe) también ser el estado desde el cual la transformación, mutación, invención, se da de modo salvífico, vital.

Volvamos a nuestra interrogación sobre la pobreza de/en las imágenes contemporáneas. ¿Cuáles son sus antecesoras, cuáles son las imágenes pobres de ayer? Las de la cultura masiva. Las repeticiones warholianas, de hecho, comenzaban a expresar la potencia iterativa de las imágenes de/en/por los mass media. Potencia y necesidad de repetición para significar. La representación deja de expresarse suficiente. El cúmulo, la transformación, de la imagen de los medios (autos chocados, Marilyn, Mao, Empire State) evidenciaba la sustracción, adelgazamiento del sentido de la imagen “unaria”, de la imagen puro studium. El punctum parecía restituírselo la repetición, la sorpresa y shock de una aparentemente inaudita y absurda repetición. Algo que ya se vio, cientos de veces, he aquí multiplicado, en serie, explicitando su inescapable vínculo con la industria cultural, para que “llame” a la atención, para que pueda ser aun visto. Hoy, en una exacerbación mutante de dicha lógica, las imágenes se autoproducen. En la misma lógica de la hiperproductividad contemporánea. Todos debemos producir, hacer (prioritariamente) imágenes. Todos debemos hacernos (a través de) imágenes de nosotros mismos.

El rostro (es el rostro) del otro

Dijimos que la imagen precaria, pobre, es la imagen que adolece. Que adolece no sólo de calidad, resolución, sino de dolor. Adolece, le falta, es precaria en su relación con el dolor. Pero ¿qué entendemos aquí por precariedad? En Vida precaria: el poder del duelo y la violencia, Butler (2006), a través de cinco ensayos escritos post 11/9, cita a Emanuel Levinas que entiende al rostro como la extrema precariedad del otro.

Rostro como modo en el que somos interpelados (por el Otro) moralmente. Una interpelación que no pedimos y de la que no podemos escapar. El recorrido de la ética cristiana del “no matar” a la ética neoliberal, eso es lo que hará Butler en este texto. El rostro del otro me demanda pero no sabemos exactamente qué.

El rostro no habla. En su proximidad, exige que no se lo deje morir, en el modo de una responsabilidad fundamental. Aunque el rostro no puede morir. El rostro incluso puede no ser estrictamente un rostro. El rostro expresa agonía. Y la agonía es intraducible, no tiene nombre ni imagen. Un sonido, una visión inteligible. Dice Levinas: “El rostro como extrema precariedad del Otro (de la vida misma)… la Paz como despertar a la precariedad del Otro (de la vida misma)” (Butler, 2006: 169). No es (solo) la propia precariedad a la que se alude, sino la del Otro: he allí una ética. “Tal precariedad implica la tentación de matar (¿a quién?) con la de la paz (no matar)” –los paréntesis son nuestros– (Butler, 2006: 170). Hay allí, dice Butler, una lucha divina, trágica, irresoluble. Matar: vínculo con la aniquilación; alguien mata; da(r) muerte. Paz: salvar, dar (la) vida; sobre vivir; sobre vida.

Dirá Butler (2006) que, por las imágenes de Vietnam, pudo haber conciencia de la precariedad de las vidas que se estaban destruyendo. Y que hoy no podemos escuchar el grito de la agonía, ya que hemos sido apartados del rostro a través de restos inhumanizados, perfectos, cliché: sobre expuestos, sub expuestos, muertos, no precarios, no asesinables. Diremos, como los rostros de los soldados de Abu Grahib, los rostros y cuerpos de los muertos (cuasi invisibles) en la guerra de Irak. Comienzo/fin representacional. Acontecimiento visual (de la perversidad).

He allí una de las marcas de la indolencia, del no dolor intrínseco de la imagen neoliberal. No duele, por su desvínculo corporal, por su no punzar, herir, atravesar/hender cuerpo alguno. No duele, no toca (cuerpos), por su circular, su transitar perpetuo, veloz. Su accesibilidad. Por su permanente y fácil disponibilidad. Ya que duele, afecta solo lo indisponible, lo ausente.

Estar disponible (y adeudado –Deleuze, 1999–), en un estado de presencia (virtual) constante, es, de hecho, una de las cualidades/necesidades/ obligaciones del sujeto neoliberal. La imagen, el sujeto, en/del neoliberalismo, está/debe estar, disponible. Y, por tanto, en deuda. Disponible, de fácil acceso. Lejos quedaron las visitas a bibliotecas, hemerotecas, archivos, rastreando a partir de un dato. La imagen debe estar disponible, asequible, al alcance de la mano, del click, del copy/paste. Como el sujeto en su servicio móvil. Cortar la disponibilidad es cortar el flujo, es volver inservible el aparato (“¿dónde estabas?, no te encontré”). Y encontrar de hecho (una imagen, un dato) viene antes que buscar. Como publicar antes que escribir (tal dicta el ethos literario de los noventa). Encontrar (lo que sea) antes que buscar (con justeza).

Una imagen disponible es una imagen neoliberalmente viva. Bajo el lema de que lo que se ve, existe. Aquello no disponible, en el preciso momento en que se lo necesita, no tiene valor, utilidad, llega tarde. Por tanto, no sólo una imagen no disponible es una imagen adeudada, la que falta, lo que falta (“faltaba más”), sino también lo es la disponible (la misma, la otra). Bajo la lógica del flujo, del vértigo, una imagen que se presenta, ya es vieja. Una imagen que se dispone, habilita inmediatamente el anhelo de la siguiente, del flujo, y su fenecimiento, el de su deseo.

Self(ie) made man

El hombre que se hace a sí mismo a través del trabajo es, según Weber (2001), el ethos del capitalismo liberal. El hombre que se hace a sí mismo a través de una imagen de sí, el del neoliberal. La selfie virtualiza, cualunquiza, de modo instantáneo y al alcance del dedo, el afán fundamental y fundamento del capitalismo (liberal), el hacerse a sí mismo. El neoliberalismo capitalista deja esta función auto hacedora al uso (común, no experto) de un dispositivo, una imagen, un estilo.

De hacer imágenes para vivir, a vivir para hacer imágenes. De hacerse un nombre, a hacerse una imagen. El nombre es uno, puede ser otro, más no sin riesgo, sufrimiento. Se muere con/por el nombre. La imagen se cambia. Así, el hacerse con/desde imágenes es un hacer proyectual. Soy esto. Si no (te) gusta, puedo ser (esto) otro (parafraseando a Groucho Marx).

De la retratística distinguida, controlada, acotada (como dominio de un cuerpo por/desde un dispositivo) a la auto retratística ilimitada, obligada, fanática (como auto dominio –indómito– de un dispositivo –invisibilizado–). Fanatismo que expresa la irracionalidad neoliberal (como es el vivir para trabajar para el liberalismo), aunque sustentada en la promesa del youtuber (que cuanto más “vistas” tiene, más cobra, o aquel al que se le paga por hacer “presencias” en boliches). El modo disciplinario, de examen y distinción/ortopedia social (de vigilancia) deviene control (auto obligación) de presencia constante, llamativa, novedosa (autovigilancia). De la trascendencia del retrato pictórico a la intrascendencia, inmanencia del retrato-selfie hoy.

En las selfies, las poses se “eligen”, el momento se “elige”, su distribución se “elige”: encadenamientos “electivos” invisibles a un encadenamiento in-electivo mayor, la obligación (Ferrer, 1996) de aparecer, contracara de la condena de/por la invisibilización. La obligación de la elección, de la productividad. De la definición de sí y la mutación constante.

Mientras que el retrato lo hace otro, y por tanto requiere de una espera, un contexto, una puesta en escena, una mirada otra. En la selfie, aparentemente soy yo el que fotografía, siendo (apenas) el que obtura. En la selfie, no soy yo el retratado, es el ubicarme en una saga colectiva de reconocimiento indicial/marcacional. Del “he estado ahí” a “algo de eso me pertenece, soy, se funde en mí”. El yo (cliché) domina el paisaje. En una doble experiencia cooptada: la de la aventura (intemperie como potencia), la del rostro (precariedad como potencia) La selfie obliga a obliterar toda experiencia vivible en experiencia fotografiable (primero) e interpuesta por mi retrato (luego). No sólo todo debe ser fotografiable, sino que debe estar mi cuerpo-selfie marcándolo.

En la selfie, aparece lo que me indiferencia. Soy como todos. Totalitarismo del encuadre y del gesto. Soy ese que es obligado a mostrarse y de tal modo para formar parte de una comunidad total. Singularidad totalitaria. Ante la selfie, la humanidad entra en un grado sumo e inédito de igualación en lo más singular que se tiene, el rostro.

La imagen de sí, por otro (mismo) lado, no es necesariamente un cuidado de sí. Del cuidado al descuido, a la exposición, descuidada. De un adentro a un afuera. La imagen de sí, es una autoficción (Robin, 1995), un auto retrato. Una ficción de sí. Un “desnudo cuidado”, se dice. Una pose. La ficción requiere un género. Un ámbito de clasificación. Una retórica (retórica de la imagen, formas de la connotación, en Barthes (2008), donde la pose es uno de ellos). La selfie cuida, protege al permitir (obligar) formar parte de un género discursivo, una comunidad sígnica de igualdad maquínica. Pero al descuidar la singularidad, el sí-mismo queda descuidado.

Ya no me hago a mí mismo, la imagen se hace y me hace. Ya no es el trabajo el que hace, sino la imagen. La imagen hace un/su trabajo, trabaja. La cámara trabaja. Trabajos distanciados, obliterados del accionar humano. Así como Baudelaire (Bourdieu, 2003) decía que el fotógrafo era un asistente de la cámara, el sujeto neoliberal deviene apéndice de las “tecnologías de aparición”. El algoritmo hace al sujeto de modo oculto. Como la computadora de un auto, ya no evidencia el funcionamiento de un motor. La computadora maneja de modo no evidente al auto. Ya nada podemos hacer, impotentes somos ante un auto que se queda. Apretamos (confortables) el botón de SOS. Lo mismo ante una computadora. Lo mismo ante el sistema (Arendt con Deleuze) que de “caerse” inhabilita toda acción. Y el rostro, pura afección, pura potencia afectiva, modo/fundamento del encuentro con el Otro, vuelto cliché, muerto sin muerte.

Corolario

La imagen neoliberal (como el neoliberalismo) actúa de modo pseudo-autónomo y pseudo-transparente. De ese modo, condicionado y subrepticio, el sujeto neoliberal se entrega a una construcción que supone autoengendrada. Sujetos-cifras, sujetos-algoritmos. Impotentizados, indolentes, arrogantes, autosuficientes (impotencia y autosuficiencia: una fórmula oximorónica que deriva en indolencia)

¿Qué hacer? La tarea política es, debe ser, restituir las tramas del afecto, (también) con la imagen. Es decir, con el otro, consigo mismo como otro. ¿Cómo hacerlo? Recuperando (intentar ver) un rostro precario, el nuestro, al borde de su desaparición, para saber/sentir lo que está en juego. Expresándose allí el (un) límite. Entre lo vivo y lo muerto, entre lo humano y lo inhumano. Distinguiendo entre rostros de muertos y rostros muertos. Interrogando la precariedad como una potencia, una tensión vital, superviviente. Configuradora de rostros (imágenes, sujetos) aun vivos, asesinables, salvables.

Y así como la precariedad es una potencia, la expresión (política, activante, trágica) de una falta, la intemperie, también lo es. Reconocer, vivenciar que estamos a (somos) la intemperie. El neoliberalismo hace de lo constitutivo del sujeto moderno (precario y a la intemperie) arrojado al mundo, un sistema exacerbador, excluyente y ocultador, prototípico.

 

Texto elaborado en el marco del Seminario de Investigación del mismonombe dictado en la FADU/UBA, y es parte del trabajo del proyecto de investigación La Imagen Expuesta. Ensayismo y Performatividad (PIA-FADU) que dirigen los autores.

Bibliografía referida

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