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La pregunta finalmente sería, ¿para qué necesitamos a las imágenes? O mejor,
¿necesitamos a las imágenes o son un requerimiento insoslayable de una determinada
disposición de mundo plantada sobre la distribución asimétrica de jerarquías?
¿Necesitamos verlas? ¿Necesitamos hacerlas? ¿Necesitamos ponerlas a circular? ¿Por
qué, para qué, para quién? ¿Por qué las imágenes?

De todas formas, aquí están circulando, atiborrando las visibilidades, ocupando espacios y tiempos, inscribiéndose en y desde todo tipo de objetos impensados, traspasando las formas rituales de participación comunitaria para devenir en mera cotidianidad de lo individual automatizado,
disolviéndose entre las divergencias habituales de nuestra percepción, y conformando en
toda esa trama la disposición de un mundo circundante ya no del todo nuevo, pero en el
que aún hay que moverse un poco a tientas, como quien lo hace en la oscuridad o en un
territorio absolutamente desconocido. ¿Qué hacer entonces con ellas? ¿Cómo pensarlas?

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La imagen técnica, como resultado de la tecnología, que a su vez es producto del
despliegue del pensamiento cientificista y del capitalismo informatizado, ha nacido, en
cierta medida, autónoma, y se esparce como un bólido por un entorno que se rige desde
la norma del rastreo, el cálculo, la algoritimización y la realimentación. El objetivo de las
imágenes es, en cierta medida, la vida misma. Ocuparla en su totalidad para gestionar el
desempeño optimizado de una población dispuesta según estrategias estadísticas. La
imagen se encarga ya de gestionar la vida. De modelarla. De hacerla susceptible de
amoldarse a la economía del cálculo y a la despolitización estadística que niega toda
singularidad para conformar la masa. La imagen no se dirige a individuos singulares, sino
a una población entendida como conjunto cuyas diferencias internas, si existen,
responden estrictamente a la estratificación del mercado. No hay para la imagen
hegemónica singularidad inalienable, sino diferencia necesaria sobre la cual se articula el
reticulado antropofágico y aniquilatorio del consumo. La diferencia no es allí sino el
fundamento sobre el cual el marketing clasifica y administra el mercado planetario. Y allí
el entorno es ese dispositivo que cristaliza y desplaza a las antiguas funciones de las
instituciones disciplinarias para optimizar el desempeño de la población. Si desde el siglo
XIX las escuelas, las fábricas, y los hospitales, administraban la distribución de tiempos y
espacios según la lógica de la normalización productiva, ya entrando en el siglo XXI las
paredes se disuelven entre redes informáticas para ocupar aquello que se escapaba a las
configuraciones edilicias. Aquellas instituciones disponían una disciplina destinada a
repartir los modos productivos de habitar el mundo apelando a la máxima extracción de
fuerzas de trabajo. Disposición jerárquica y productiva de tiempos y espacios: la función
de cada lugar (aula-patio, fábrica-hogar, etc.) y de cada momento (semana laboral-fin de
semana, clase-recreo, etc.) debe ser asimilada para lograr un mejor desempeño en el
trabajo físico. Tiempo y espacio se distribuyen productivamente entre lapsos de trabajo y
lapsos de ocio para afianzar la utilidad del cuerpo. Espacio, tiempo, y cuerpo son
enlazados por una tecnología cuyo fin es extraer plusvalía de la vida misma. Porque a fin
de cuentas de eso se trata, de domesticar a la vida y de extraer de ella un valor desde sus
fuerzas domesticadas. Ahora bien, para la sociedad informatizada que comienza a
desplegarse en la segunda mitad del siglo XX esa tríada no basta para optimizar los
comportamientos en relación al nuevo funcionamiento de los mercados virtuales. Lo que
se escapa un poco por los laterales, lo que se escabulle de esas prácticas que intentan
formatear la vida y que por tanto la tiene como objetivo, es la producción cognitiva y

sintiente, lo siempre divergente de la vida misma. Las singularidades afectivas, emotivas,
sensitivas, deseantes; todo aquello que resbala peligrosamente ante las presiones de las
categorías y los conceptos. Lo que en este estadio del capitalismo se produce es,
fundamentalmente, información: producción y circulación de información como insumo
fundamental para la valorización del capital. Por tanto ya no se exige solamente la
normalización de cuerpos dóciles y útiles, sino además la optimización de subjetividades
homogéneas y predatorias, o la consolidación un dispositivo hermenéutico a través del
cual la población, incluso en las diferencias que la componen, se comprometa con el
sistema de realidad imperante aspirando a un desempeño instrumental siempre por
optimizar. De ahí que la imagen y su diseminación en el entorno deben ocupar ahora la
totalidad de la vida para construir y sostener semejante dispositivo de normalización y
optimización. Biopolítica radical del universo audiovisual. Biopolítica radical del mercado
informatizado planetario. Biopolítica radical del capitalismo cognitivo del tercer milenio. La
vida, sometida a la estandarización y a la reducción de la lógica mercadotécnica del
feedback, deviene ya expresión muda de un secreto que ha sido erradicado: la posibilidad
de la singularidad y con ella la posibilidad de la emancipación.

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¿Qué hacer entonces con las imágenes? Si es la vida lo que el poder ataca mas
encarnizadamente, la resistencia ha de estar entonces allí. De su lado. Del lado de la
vida, sea lo que sea, se la conciba como se la conciba. En los regímenes biopolíticos, lo
que resiste, sin más, es la vida. Invención urgente de un vitalismo radical e insubordinado
que suponga el despliegue igualitario de la vida como fondo común de todas las cosas.
Foucault mismo se encuentra con esto sobre el final de su experiencia de escritura: dónde
hay poder, hay resistencia, había escrito, y si los regímenes biopolíticos con los que se
topa tienen como objeto de poder a la vida, es esta finalmente la que puede expresar una
resistencia frente a la barbarie. ¿Qué hacer entonces con las imágenes cuando estas
suponen cada vez más la gestión de una presión encarnizada sobre lo insurgente de esa
vida para optimizar desempeños instrumentales reglados a fines predatorios? Habría,
quizás, que profanarlas y (re)apropiarse de ellas, arrancarlas de ese circuito
normalizador/optimizador, habría que re-ligarlas al punto desde el que, en realidad, nunca
partieron: habría que reinventarlas sobre el horizonte de la unidad tomada como promesa
de otro mundo. Si las imágenes como la conocemos y concebimos son un producto
instrumental de la modernidad, tiempo en el que se exige “hacerse del mundo y traerlo
ante sí” según la primacía central de un sujeto elaborado en la norma del dominio y la
sumisión capitalista heteropatriarcal, hay allí que transformar su estatuto, re-ligarlas al
flujo de la vida como fondo común de todo lo que exhorta a la erradicación de la injusticia.
Dejar al mundo tranquilo. Dejar a las cosas en paz. Dejar en su sitio a la alteridad, como
tal y en tanto tal, signada por el resto de lo inconmensurable. Conservar el enigma del
secreto y lo indomable del misterio. Desocultar la multiplicidad irreductible de
combinaciones secretas que hacen a la singularidad. Liberarse quizás de las ansias de
saber que encubren sin resquicios una voluntad de poder y de dominio. Recomponer
quizás un vivir regionalizado, desembarazado del vértigo de la obsolescencia y el
reemplazo incesantes, ligado a la experiencia común y singular a la vez de un nuevo
mundo circundante. Habría por ende que repensar al sujeto por vía de las imágenes que
lo constituyen, desmantelándolas para quitar todas las capas que pesan sobre las
singularidades de los deseos haciendo que estos se comprometan con fines aciagos. Si el
sujeto contemporáneo, diseminado en las redes digitales, se delinea como un sí-mismx-
para-lxs-otrxs, pero estando este “para-lxs-otrxs” atado fatalmente a una lógica de
mercado que dispone los vínculos según la regla de la extracción de beneficios, hay que
partir desde allí, hay que ver lo que alli se abre silenciosamente a lo posible de la
emancipación. El sí-mismx-para-lxs-otrxs podría ser liberador sino estuviese fraguado en
la competencia y en la necesidad de vencer como norma de todo vínculo. Saber que esa

lógica sobre la que reposa toda la trama de los vínculos y del tejido social no es sino la
lógica formal del mercado, supone ya una distancia sobre la cual es posible reelaborar la
promesa de una reconciliación. 95

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Se hablaba de reconciliación, de re-ligamiento. De una cierta religiosidad secularizada,
incluso profana. La strucción supone alli una experiencia estética que postula, de un modo
o de otro, la posibilidad de esa idea. Elaborar una poética de las contradicciones y de los
procesos irresueltos tiene como correlato la conformación paradójica de un objeto sin
sujeto, es decir, un objeto liberado de aquella entidad que lo constriñe por las vías del
ansia de saber y la voluntad de dominio. Si ese objeto, sea cual fuere, sea como sea,
escapa irremisiblemente a su captación plena por las sobredeterminaciones del concepto,
conjura allí igualmente las prácticas de apropiación. Así tal objeto, mediante la experiencia
estética por la cual se entrega al mundo, desafía a la mirada para despojarla de su
voluntad de verdad, y para desmantelarla hacia el flujo de ese resto que no se deja
conocer ni atrapar plenamente por las lógicas instrumentales. Esa mirada, en la sola
posibilidad de ser dirigida también y del mismo modo a todas las cosas, es el horizonte de
una reconciliación con el mundo sobre el fondo común de la vida frágil. La promesa de
otros vínculos sin organización jerárquica. Sin voluntad de apropiación. Sin voluntad de
vencer. Promesa que promete lo imposible, pero como si fuese posible.

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La strucción y la entridad son ideas elaboradas en el vacío, son juegos, elucubraciones,
fantasías encontradas en el medio de un continuo proceso de aprendizaje. No tienen otro
valor que el de presentarse como conceptos débiles abiertos a reinvenciones,
correcciones y negaciones. No hay en ellas otra cosa más que la necesidad de una
búsqueda singular, de un despliegue irrefrenable de interrogaciones, de preguntas, de
contradicciones. La única respuesta, sí, es la fragilidad. Fragilidad, esa es la palabra, que
es respuesta pero que también es pregunta relanzada. Fragilidad de la vida, de todas las
vidas; saber de la fragilidad como una exhortación al cuidado mutuo, de todxs y entre
todxs. Saber que la vida es frágil, y que el sufrimiento debería ser erradicado. Saberse
frágil sobre el fondo común de una vida también frágil que se manifiesta con todas sus
potencias, pero no a cualquier precio, no en cualquier circunstancia. Y saber también que
esa fragilidad en común es el instrumento utilizado para administrar una precarización
jerárquica de la vida, de determinadas vidas que en su vulnerabilidad son arrastradas al
exterior de todo cuidado, de todo amparo, señaladas como indignas de ser vividas. Saber
que si la fragilidad es el fondo común de la vida, la precarización, en cambio, es una
condición inducida por la violencia de quienes disponen el poder de distribuir los
privilegios. Y la imagen, en su proliferación desmedida, a sabiendas o no, participa en ese
circuito de circulación del poder a través del cual se gestiona la desigualdad o, en cambio,
se proponen otros modos de habitar en común .

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Al final de la strucción, al final de la entridad, rezuma finalmente la resistencia de la vida
frágil. Las imágenes del cine, por lo demás, son un fenómeno secundario que no hacen
sino hablar desde la vida dañada. Y quizás al final de todos los procesos emancipatorios
lo que se descubra finalmente sea un mundo sin imágenes, un mundo en el que el cine no
sea ya necesario, un mundo que se baste a sí mismo como expresión de todo lo
divergente de la vida no-dañada, un mundo desplegado incansablemente en toda la
belleza de esa fragilidad sin privilegios que no sería sino una exhortación al cuidado
mutuo.

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La posibilidad de lo imposible, como invención sin tregua ni atenuantes, puede ser el
horizonte simbólico de todo obrar como promesa un mundo no-administrado.

Notas:

I Capitulo de un libro inédito (“Los mecanismos frágiles”, 2018) cedido por el autor a VerPoder.