En una sociedad donde primero vemos y después existimos, la imagen es la gran forma de control. Pedimos a gritos más seguridad y demandamos cámaras por doquier, seabpor robos sea por atentados. Una cámara con reconocimiento facial en cada esquina. Una
cámara con reconocimiento facial en cada teléfono celular, al alcance de la mano de todo ciudadano. Miles de rostros en la gran base de datos. Pero, ¿qué es un rostro? ¿Cuándo un pixel comienza o deja de serlo? ¿Podemos sentir empatía con la imagen del rostro? ¿Qué resolución es necesaria para sentirla? Ante múltiples cámaras apuntando, ¿cómo resistir? El acercamiento al dispositivo de captura abstrae nuestra imagen. El sofocarlo, el ahogarlo puede ser un comienzo, un inicio. No dejar que tome la distancia necesaria para reconocer lo que tiene enfrente. Puede ser inicio de una agotadora tarea cotidiana.